Hoy me ha dado
por reflexionar sobre el amor por la naturaleza y pensé como ha sido su
evolución en mi.
Recuerdo, de niño, mi afición por cazar lagartijas y pajarillos, también matar hormigas, pisar bichos, robar huevos de nidos y alguna otra expresión antagonista del amor hacia todo ser viviente. Luego, claro está que en mi caso lo que me movía a estar en contacto con la naturaleza no era el amor, ni mucho menos.
Recuerdo, de niño, mi afición por cazar lagartijas y pajarillos, también matar hormigas, pisar bichos, robar huevos de nidos y alguna otra expresión antagonista del amor hacia todo ser viviente. Luego, claro está que en mi caso lo que me movía a estar en contacto con la naturaleza no era el amor, ni mucho menos.
Sin embargo, había algo que me atraía ferozmente a perderme por la dehesa, o por el monte, o por el pinar de mi pueblo, o a pasar horas y horas por el jardín, o por el huerto de mi casa entre escarabajos y arañas, entre conejos y culebras, entre robles y fresnos, entre arroyos y piedras. Sí, había algo que podía conmigo, hasta el punto de llegar tarde a casa, sucio o mojado; a veces, muchas veces, con alguna presa escondida en la mano o en un bote, en un intento de alargar el placer de mis humildes e inocentes descubrimientos.
Lo mío, al principio, no fue este amor que ahora se me antoja eterno, eso vino después, con el roce.
¿Entonces qué era aquello que me arrastraba con tanta fuerza?
La curiosidad, la incesante y adorada curiosidad que llevo retroalimentando desde el mismo día que nací y que por supuesto me acompañará, hasta el último instante, hasta ese adiós precioso en el que emprenderé el camino hacia el montón de compost.
KIKE primeros de Marzo del 2016.
No hay comentarios:
Publicar un comentario