Como
pueden apreciar claramente, gracias al revolucionario diseño de su sistema de
cañones autoextensibles, aparecen ante nosotros sus dos potentes defensas
antiaéreas, las cuales, sirviéndose de su capacidad de giro de 180º “Sistem
Follow the Sun” ya están oteando las cercanías del horizonte para
dirigir, en caso necesario, toda su potente energía hacia las horribles y
peludas o no peludas hordas hostiles. Pero veámoslo más de cerca.
No
me digan que no impone, no me digan que no da miedo. Una imagen más que
disuasoria, resultado de años de investigación en los laboratorios del
instituto de imágenes disuasorias de Soria.
Y
ahí está, pasando a defcon-2, alerta más negra que oscura, intervención casi inminente
…
Según
palabras de nuestro querido Profesor Cínicox es a partir de este instante cuando cualquier
intruso que se interne en la “Finca Salvaje” y se aproxime, provocará la
activación definitiva del modo combate y tendrá que vérselas con Apachito I.
Ahora, en exclusiva para ustedes y para que no
pierdan detalle, presten atención a lo
que ocurre cuando, como ahora, sus sensibles sensores descubren a un intruso:
Como
ven ya ha captado algo. A partir de ese momento, los enormes petalofocos se
despliegan cual pantalla parabólica vecinal para extraer toda la luminosidad
del sol y devolverla otra vez al espacio envuelta en un brillo, otra vez cual, cual
neón de bar de copas de autovía; todo con el único fin de deslumbrar y atraer
hacia sí a cualquier indeseable e invitarle a parar y… tomar algo.
Cabe
señalar que a nuestra arma secreta no le gustan demasiado las visitas pues
hemos advertido que más bien se le hinchan las pelotas.
Pero alejémonos unos metros y dejemos, como sólo los
españoles sabemos, dejar trabajar a los que trabajan.
¡Ahí
está!, ¿ven esa pequeña mancha oscura en la flor más lejana? Pues ya tiene en
sus manos al primer ser que ha quedado prendado de la magia de la suave caricia
de sus hechizantes petalofocos de sedoso tacto y aromas exóticos delicadamente
perfumados con néctar de polen. Tan sólo se ha acercado un instante fascinado
por la preciosa y difuminada luz y ya ha
quedado absolutamente prendado del hechizo que lo envuelve. Su destino ya está escrito y si me creen,
sigan, sigan leyendo.
Pero
vamos, acerquémonos un poco más.
Ahí
tienen al advenedizo, poniéndose tibio a licor de néctar a palo seco.
Según
el Profesor Cínicux, este espécimen en cuestión es un “Mojcus pikahuekus” cuyo
ataque al ser humano le puede producir serios problemas mentales de tipo
finalmente psicoesquizoparanoico, no por el peligro de su picadura, si no por
su febril e incesante manía de golpear
de manera obsesiva y prolongada los globos oculares humanos así como
penetrar en sus cavidades auditivas, nasales o bucales. Pero continuemos con la
siguiente imagen.
Aquí
se puede comprobar cómo el intruso ya empieza a apoyar el hombro en la barra,
está atardeciendo y acaba de pedirse otro cubata de néctar. señal inequívoca de
que su voluntad empieza a flaquear.
Aún
no lo sabe pero está perdido, sí, lo ignora pero se halla totalmente en manos
de Apachito I.
Aquí,
al borde de los pétalos, víctima ya de los vapores y efluvios que le rodean e
invaden, podemos ver, pero no oir, al individuo haciendo un extraño ruido con
el roce de sus alas y que sonaba algo así como:
“¡¡DE
SAAANTUURCEEEEE AAA BILBAOOOOOO…!!” lo
cual es señal inequívoca de que no ya solamente su voluntad está anulada sino
que su personalidad comienza a desdoblarse, acercándose más y más a su
perdición.
Y así,
sin compasión, sin ningún tipo de miramiento Apachito I
verá
como, poco a poco, licor de néctar a licor de néctar, el sol se irá poniendo y
nuestro intruso, casi sin darse cuenta, caerá lentamente en una dulce y letal hipotermia
hasta que mirando los frutos del espino albar caiga al suelo, frío, inmóvil, muerto.
Y
ya no volverá a volar junto a decenas de sus hermanas a treinta kilómetros por
hora para finalmente chocar contra los ojos de los humanos, ya no volverá a
introducirse en los pabellones auditivos y nasales de éstos para revolotear frenéticamente jugando y fingiendo no encontrar
la salida. No, ya no hará nada de eso.
En
unas horas, aterida por el frío caerá al suelo donde morirá feliz y sonriendo hasta
que al día siguiente pasen las hormigas por allí y decidan llevárselo para el
menú de los largos días de invierno.
Y
mientras tanto, sin pedir ni agua, ahí estará nuestro fiel y efectivo Apachito I, cuidando de nuestros ojos y nuestras orejas, bocas y
narices.