domingo, 13 de diciembre de 2015

Otro relato rescatado del desván

VIVIR EN TI                      
Soy ciega, sorda y muda de nacimiento, pero no 

me quejo. Vivo de lo que a través de mi piel me 

llega. No puedo ver el sol, pero sí sentir sus 

cálidos rayos acariciar todo mi ser para calentar mi 

alma. No puedo oír el canto de los pajarillos, pero 

sí es música lo que hay en mi interior cuando me 

llega su dulce y rumoroso arrullo mezclado con el 

aire que respiro. No puedo hablar con los niños 

pero siento la luz de su cariño y pureza y soy 

capaz de notar la alegría de sus juegos sobre la 

tierra a la que pertenezco.

  Soy ciega, sorda y muda pero siempre fui feliz. 

Hasta que un día…



  Allí, en aquel parque, cúmulo de todas mis 

sensaciones, te sentí por primera vez. Caminabas 

despacio, con aquel paso tuyo, tranquilo, 

majestuoso y sencillo a la vez. Noté tu presencia 

acercarse poco a poco y el sol me trajo una brizna 

de tu luz para recrearme en ella. El viento me 

regaló el ritmo de tu corazón que latía hermoso, 

destacando entre todo el gentío de aquel 

atardecer. Pero pasaste a mi lado sin siquiera 

verme, quizá lo prefería, pues me noté ruborizada. 

¡Ruborizada! ¿Yo?

  Sí, así era. Qué extraña sensación, desconocida 

hasta aquel entonces.

  Al día siguiente, sólo pensaba en ti y deseaba 

más que nada volver a sentirte. Llegó el atardecer 

y con él tu presencia de nuevo, dejándose adivinar 

entre todo un mundo repleto de colores que no 

veía y un infinito de música que no escuchaba. Tus 

pasos fueron aproximándose más y más, hasta que 

se detuvieron por completo. ¡Te habías sentado a 

mi lado! Quise gritar pero no pude. Quise tocarte 

pero me era imposible. Nerviosa, excitadísima, 

atada por mis limitaciones, lloré de impotencia 

cuando al poco rato noté que te marchabas.

  Tu cada vez mayor lejanía era como fuego que me 

hiciera arder y convertir en cenizas.

  Entonces, mis amigos los árboles, alarmados por 

mi tristeza, intentaron consolarme, aunque no 

podían disimular su sorpresa al descubrir que me 

estaba enamorando. Sin pensarlo, decidieron 

ayudarme y aquella noche, mientras yo dormía 

soñando con aquel, tu amor imposible, ellos 

fabricaron, con su savia, la magia.

  De nuevo, al atardecer del día siguiente, te sentí 

llegar. Pero había algo extraño en tus pasos, más 

lentos y cortos que de costumbre. Algo te ocurría, 

la tristeza se hallaba en tu corazón. Temí que no 

te sentaras a mi lado y que pasaras de largo como 

la primera vez. Pero no fue así y tu presencia se 

detuvo a descansar junto a la mía, entonces, la 

magia de los sabios árboles se desplegó ocupando 

todo el espacio. Inmersa en el encantamiento, 

pude abandonar mi cuerpo para flotar en el aire 

junto a tu hermosa aura y verte. Sí, pude ver tus 

grandes y maravillosos ojos oscuros y también 

tocarte, aunque tú, sólo podías sentir como un 

ligero roce del viento mis caricias. Abracé tu piel y 

te hablé con palabras llenas de poesía en tímidos 

susurros de silencio que se perdían entre los 

últimos rayos del atardecer.

  Quise enamorarte con palabras que jamás 

escucharías. Quise hacer desaparecer tu tristeza 

con mis dedos imposibles de tentar.

  De pronto, tus latidos se aceleraron y todo el 

hechizo se perdió, se difuminó en el instante en 

que por fin te diste cuenta de mi simple existencia 

volví a ser aquella pobre ciega, sorda y muda. 

Advertí cómo te acercabas hasta sentir tu aliento 

a mi lado. La felicidad me arrollaba, me conmovía 

por momentos y de tus labios nacieron palabras 

confusas por la dicha que te envolvía y yo, yo me 

sentí feliz de ser la protagonista de tu alegría.

  Sí, me hallaste perdida en aquel parque, en 

ningún sitio, me tomaste con tus manos y me 

llevaste hasta tu jardín, invitándome a vivir a tu lado.

  Noté extraña aquella tierra tuya, pero pronto me 

habitué y poco a poco mis tímidas raíces fueron 

arraigando, profundizando cada día más.

  Todas las mañanas, feliz, te acercabas a 

desearme buenos días, me sonreías y después de 

dejarme tu luz volvías a marcharte. Yo no te veía, 

pero sentía el amor que dejabas junto a mí. 

Mientras, tus pasos, fuertes y grandes, se 

alejaban de aquel jardín tuyo que hiciste mío.  

Creció mi cuerpo junto con tu amor y con él el 

deseo de por ti ser tocada. Cada tarde, a tu 

regreso, te sentabas junto a mí y rozabas tus 

dedos con mi piel, me hablabas y acariciabas con 

tal ternura que en nuestros íntimos amaneceres de 

amor, lo que tú creías rocío, no eran más que 

inquietas lágrimas de felicidad imposibles de 

contener.

  Y una mañana, loca ya de pasión y amor por ti, no 

lo pude evitar y de mis entrañas, desde lo más 

profundo de mi esencia, brotó una flor como 

regalo por todo lo que por mí hacías. Te sentí 

entonces gritar de alegría cuando me viste así 

engalanada y agradeciste mi don con tu agua que 

yo esperaba sedienta tras el esfuerzo. Después, 

me hablaste por vez primera de amor…

  Pasaron los días y me pareció que aquella flor 

para ti y aquel agua para mí, era demasiado poco 

para lo que el uno sentía por el otro y decidí hacer 

tuyo mi más preciado bien: el fruto de mi existencia.

  Y así, dejé morir mi flor y nacer de mi savia mi 

corazón, mi fruto rojo como tu sangre, envuelto en 

el brillo mismo de la vida.

  Iluminada por la dulce luz del pecado  envuelta 

por el aura de la provocación, quise embriagarte 

con mi belleza, sugestionarte con mi cuerpo y 

despertar en ti el hambre y el deseo de mi carne… y 

lo logré.

  Aquella noche, con el resplandor de la luna llena 

como único testigo, no pudiste soportar ni  un 

momento más la tentación y con la mayor ternura 

que se pudiera imaginar, me arrancaste de mi 

anterior vida y me llevaste, furtivo, hasta tus labios. 

Mientras, yo desplegaba mi mejor aroma para 

hacer más intenso nuestro encuentro.

  Saboreaste despacio mi cuerpo, recorriendo con 

tu húmeda lengua cada rincón de mi ser. Yo me 

moría derretida en el deseo de ser completamente 

tuya. Y por fin, tu boca me mordió partiéndome en 

dos.

  Todo mi jugo, entonces, se mezcló con tu saliva. 

Mi esencia y existencia se fundieron en mi vida que 

pasó a ser tuya. Tu cuerpo se estremeció de 

placer ante mis caricias y tus oscuros ojos se 

cerraron para sentir más fuerte y pura la unión.

  Hasta que me devoraste.

  Ahora vivo en ti, repartida por todo tu ser, 

alimentando nuestro amor. Ya no soy ciega, sorda 

y muda, dejé de ser una simple fresa.


KIKE.  1998


jueves, 10 de diciembre de 2015

Y GRITASTE MI NOMBRE

Quiero desde mi alma, lo único que poseo y que aún permanece en mí como único vínculo de unión entre tú y yo, dejar brotar mis palabras imposibles hacia ti.
  El tiempo aquél, tuyo y mío, donde cada instante era cierto, mecía nuestro amor de tu parte a mi parte, de tu corazón al mío, iluminando la tenue oscuridad que lentamente se extinguía en la luz de nuestros ojos.
  Desaparecí, me fui de tu vida, dejándote allí, en lo que había sido nuestro mundo, nuestro hogar, en soledad con tu dolor y desesperación. Lo siento, te dejé cuando en susurros te prometía amor eterno, cuando más sentía tu presencia en mi interior. Me marché sin despedirme siquiera, así y tu vacío se hizo aún mayor.
  Aún recuerdas mi rostro enamorado, pleno de satisfacción y alegría, empapado en la sonrisa de tus labios y también cómo mis latidos me inundaban de felicidad cuando mi mano viajaba por tus cabellos hasta tus mejillas, haciendo de tu ritmo el mío. Aquellas noches de estrellas en los dedos que brotaban del contacto de tu piel en la mía, amor apasionado y fugaz, el encuentro de dos cuerpos haciéndose uno para siempre…

  Atrás quedaron tus lágrimas de mi ausencia, tu tristeza de mi soledad y tu rostro oculto tras temblorosas manos que nunca más volverían a tocarme y en aquel nuestro lecho, el frío hueco deshabitado. Yo te veía, en tus noches de fiebre, alargar el brazo y despertar por el dolor de los dedos que no encuentran el lugar donde posar la ternura de sus caricias.
  Ahora, después de tanto tiempo y de todo lo ocurrido, no puedo negar, cada vez que te veo a lo lejos que todavía siento lo que siento, que el amor eterno existe. Y me duele porque hoy, nuestro amor de ayer, es la tristeza de tus ojos.
  Algunas noches entraba furtivo en tu habitación y me acercaba a tu respiración, a tus latidos, a tu calor, pero dejé hacerlo cuando noté que sentías frío ante mi presencia.
  Hace unos días vi tu rostro por última vez mientras mirabas el vuelo de los vencejos en el cielo, por unos instantes quisiste verme sobre sus alas negras y sobre ellas viajó tu último pensamiento hacia mí. Reflejaste el deseo de lo que un día pudo haber sido tu vida y no fue, pero te aferras a la resignación de quien ha amado de verdad. En ese gesto de lánguido recuerdo hay un asomo de felicidad que me hace feliz. 
Tus ojos brillan con su luz de nuevo,  ya no se apagan intentando ver más allá del vuelo de los pájaros… Tu rostro se ha endurecido  con el paso del tiempo y aunque me siento dichoso de que vuelvas a vivir, no puedo dejar de sentirme culpable cuando veo mi nombre en alguna de sus arrugas.
  Es curioso que hoy decida escribirte aunque sé que es imposible que alguna vez leas estas palabras, quizá por ello lo he hecho.
  Desde mi adiós pasó un frío tiempo, tú lo sabes mejor que yo, porque yo ya no lo siento y entonces,  aquella noche regresaste con compañía. Pese a tu inseguridad te dejaste llevar y mis caricias, las que sólo habías tenido para mí, se hicieron insoportablemente suyas y así, tu despreciable boca, mi dulce boca, fue suya y tus miserables dedos, mis enamorados dedos, fueron suyos y la parte de mí que aún tenía pasó a ser suya.
  Escondido en el frío aura del que observa desde la inexistencia, te vi dejar su infame cuerpo desnudo de la misma forma que desnudabas el mío. Te vi besar sus labios de igual forma que besabas los míos.

 Ruido ensordecedor y endemoniado. Toleraste que te tocara por todo el cuerpo y dejaste hacer nacer el deseo en ti. Tú acariciaste su piel como acariciabas la mía y comencé a sentirme agobiado. Mientras, hipócrita, vulgar e irritante chirriaba el metal.
  Repugnancia exasperante, egoísmo, conversión en putrefacción y decrepitud acelerada de los sentidos. Me vi como el payaso que muere hundido en la malvada asfixia de su llanto, ruin, desgraciado… humano.
  Te movías y gozabas y te entregabas y te deshacías hasta que abrazaste su cuerpo contra el tuyo con desesperación y fuerza. Fue el instante del orgasmo… y gritaste mi nombre. Desde mi oscuro silencio, todo mi odio, en un segundo, se transformó en doloroso amor.
  Espié tu camino cuando paseabas sola por el parque, con la mirada callada y perdida entre tus pasos grises y comenzó a llover. Entonces levantaste tu rostro, cerraste los ojos y abriste la boca. Yo recordé que siempre decías que mis caricias eran como el agua de lluvia sobre la piel.

  Te imagino aún, sobre aquel nuestro antaño lecho de amor, alargar tu brazo para tocarme y no tocarme, inclinar tu rostro para besarme y no besarme, hacer el silencio para escuchar mi respiración y no respirarme y yo, sin poder evitarlo, imagino que estoy allí que nos tocamos que nos besamos y hacemos el silencio para respirarnos el uno al otro.
  Mi ausencia rompió tu frágil corazón de cristal y sus reflejos de dolor incontenible tardaron tanto en apagarse… Dicen que a veces hablas con alguien cuando estás sola. Mis palabras.
  No sé cuánto tiempo ha transcurrido porque desde aquí el tiempo no existe y es desde esta inexistencia  donde nacen mis palabras muertas de mí y vivas de ti. Te escribo porque el olvido de tu presencia se apodera de mis ya pocos recuerdos que aún se resisten a borrarse de mi alma, pero que poco a poco como todo yo, tienden a diluirse en la nada como todo lo que fui desde el momento en que te dejé.

  Y aunque mi muerte nos separó, nuestro amor, aquel que un día tuvimos, seguirá viviendo eternamente desde mi oscura dimensión, brillando junto a las estrellas y brillando en tus ojos.
  Mi alma, lo último que me queda, se va. Ayer incluso dejé de recordar tu nombre, me pierdo en la nueva dimensión que se crea ante mí y que me llama y me hace olvidar y sentir tanto la pérdida de tantas cosas bellas.
  Se acaba el tiempo. Tiempo, sólo quisiera el suficiente para una vez más. Entregaría mi eternidad por unas horas más a tu lado.
  Tiempo, sólo el suficiente, antes de difuminarme, antes de la nada y el vacío, el lugar donde ya no estarás. Me lleva, me toma, su penumbra quieta. Adiós.

                                     KIKE 1998