Fué
a nacer a su pié, allá en lo más alto y profundo del bosque de
las Madroñeras y a su abrigo, comenzó a crecer.
Poco
después, en los largos y calurosos días de verano, la enorme mole
comenzó a regalarle la frescura y humedad que bajo ella guardaba.
Entonces, el árbol, comenzó a dejar
crecer sus ramas por encima de ella para así evitar que se mojara
los días de lluvia, protegerla de los más fuertes rayos de sol y de
las más frías heladas.
Pasó
el tiempo y el árbol, al crecer, comenzó a echar de menos el roce
del vestido de arenilla y musgo de su amiga la piedra y ella,
triste, también comenzó a echar de menos las caricias de rama y
hoja de su compañero el árbol.
Así
hasta que un atardecer de viento, loco ya de amor y pasión, nuestro
alcornoque quiso aprovechar su fuerza para acercarse una vez más
hasta la preciosa roca y … lo consiguió.
Ahora,
los dos, a su manera, viven en un abrazo eterno el amor.