Cuando
vamos caminando por el bosque y dejamos de hacerlo para descansar,
para escuchar, para atarnos los cordones, para lo que pueda ser,
nunca nos paramos a pensar que ello ocurra por algo que nuestro
inconsciente interpreta a su manera y que en cierto modo, actúa como
interruptor,
como chispa, o quizá, como a veces pienso, como primer vínculo de
unión hacia senderos no tan perdidos, no tan olvidados ni tan
lejanos porque certeramente sabemos que están ahí.
Entonces,
hay algo que nos detiene.
Levantamos
la mirada y nuestras pupilas se dilatan para hacer más claro y
nítido no ya el recuerdo, si no el momento grabado en la memoria de
un instante de lucha entre la niebla y el bosque, entre la luz y sus
hijas las sombras y de pronto, entre David y Goliat.