MENSAJE PARA MI ASESINO
Ayer te vi llegar hasta mi lado y pensé que como de costumbre,
pasearías alrededor mío observando mis ramas, mis hojas, mi tronco, admirando
mi paz, mi silencio, mi quietud, respirando el aire fresco y renovado que
siempre te he regalado. Pero, ayer fue distinto.
Con curiosidad, seguí tus movimientos mientras cavabas una zanja que
me rodeó. No descansaste ni un momento, te vi extrañamente apresurado, nervioso,
mirando a todas partes hasta que regaste el hueco con tu extraña agua. Después,
te marchaste muy deprisa, sin dejar sobre mi presencia, como siempre has hecho,
ese último vistazo repleto de palabras con buenas intenciones.
Al poco rato, sentí que mis raíces ardían y comprendí, sí, comprendí
que me habías envenenado y ahora… ahora agonizo, muero.
Pero no, no te preocupes, no te guardo ningún rencor pues los árboles
no entendemos de maneras de odiar. Tan sólo quiero decirte que intento
despedirme de mis semejantes, de la
tierra, de los pájaros, del aire, pero no puedo, no tengo fuerzas.
Los árboles, vivimos despacio
porque cada día de nuestra vida es precioso y pleno. Los árboles, morimos
también despacio porque cada momento de nuestra muerte es necesario antes de
acudir a nuestro último y más íntimo encuentro, aquel donde la tierra nos reclama para descansar
eternamente alimentando el mismo lugar donde nacimos nosotros y nuestros
semejantes, obedeciendo así las sagradas leyes que nuestra madre que también es
la tuya, dictó desde el principio de los tiempos.
Es así como los árboles nos hacemos realmente eternos y tú, mal
hombre, me has robado la eternidad.
Yo ya no puedo, por favor, si tienes algo de conciencia despídete por
mí de mis semejantes, de los pájaros, del aire, de la tierra, y sobre todo,
despídeme de tus hijos que me lloran, yo ya no tengo fuerzas.
El roble grande de la Solana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario