VIVIR EN TI
Soy ciega, sorda y muda de nacimiento, pero no
me quejo. Vivo de lo que a través de mi piel me
llega. No puedo ver el sol, pero sí sentir sus
cálidos rayos acariciar todo mi ser para calentar mi
alma. No puedo oír el canto de los pajarillos, pero
sí es música lo que hay en mi interior cuando me
llega su dulce y rumoroso arrullo mezclado con el
aire que respiro. No puedo hablar con los niños
pero siento la luz de su cariño y pureza y soy
capaz de notar la alegría de sus juegos sobre la
tierra a la que pertenezco.
me quejo. Vivo de lo que a través de mi piel me
llega. No puedo ver el sol, pero sí sentir sus
cálidos rayos acariciar todo mi ser para calentar mi
alma. No puedo oír el canto de los pajarillos, pero
sí es música lo que hay en mi interior cuando me
llega su dulce y rumoroso arrullo mezclado con el
aire que respiro. No puedo hablar con los niños
pero siento la luz de su cariño y pureza y soy
capaz de notar la alegría de sus juegos sobre la
tierra a la que pertenezco.
Soy ciega, sorda y muda pero siempre fui feliz.
Hasta que un día…
Allí, en aquel parque, cúmulo de todas mis
sensaciones, te sentí por primera vez. Caminabas
despacio, con aquel paso tuyo, tranquilo,
majestuoso y sencillo a la vez. Noté tu presencia
acercarse poco a poco y el sol me trajo una brizna
de tu luz para recrearme en ella. El viento me
regaló el ritmo de tu corazón que latía hermoso,
destacando entre todo el gentío de aquel
atardecer. Pero pasaste a mi lado sin siquiera
verme, quizá lo prefería, pues me noté ruborizada.
¡Ruborizada! ¿Yo?
Sí, así era. Qué extraña sensación, desconocida
hasta aquel entonces.
Al día siguiente, sólo pensaba en ti y deseaba
más que nada volver a sentirte. Llegó el atardecer
y con él tu presencia de nuevo, dejándose adivinar
entre todo un mundo repleto de colores que no
veía y un infinito de música que no escuchaba. Tus
pasos fueron aproximándose más y más, hasta que
se detuvieron por completo. ¡Te habías sentado a
mi lado! Quise gritar pero no pude. Quise tocarte
pero me era imposible. Nerviosa, excitadísima,
atada por mis limitaciones, lloré de impotencia
cuando al poco rato noté que te marchabas.
Tu cada vez mayor lejanía era como fuego que me
hiciera arder y convertir en cenizas.
Entonces, mis amigos los árboles, alarmados por
mi tristeza, intentaron consolarme, aunque no
podían disimular su sorpresa al descubrir que me
estaba enamorando. Sin pensarlo, decidieron
ayudarme y aquella noche, mientras yo dormía
soñando con aquel, tu amor imposible, ellos
fabricaron, con su savia, la magia.
De nuevo, al atardecer del día siguiente, te sentí
llegar. Pero había algo extraño en tus pasos, más
lentos y cortos que de costumbre. Algo te ocurría,
la tristeza se hallaba en tu corazón. Temí que no
te sentaras a mi lado y que pasaras de largo como
la primera vez. Pero no fue así y tu presencia se
detuvo a descansar junto a la mía, entonces, la
magia de los sabios árboles se desplegó ocupando
todo el espacio. Inmersa en el encantamiento,
pude abandonar mi cuerpo para flotar en el aire
junto a tu hermosa aura y verte. Sí, pude ver tus
grandes y maravillosos ojos oscuros y también
tocarte, aunque tú, sólo podías sentir como un
ligero roce del viento mis caricias. Abracé tu piel y
te hablé con palabras llenas de poesía en tímidos
susurros de silencio que se perdían entre los
últimos rayos del atardecer.
Quise enamorarte con palabras que jamás
escucharías. Quise hacer desaparecer tu tristeza
con mis dedos imposibles de tentar.
De pronto, tus latidos se aceleraron y todo el
hechizo se perdió, se difuminó en el instante en
que por fin te diste cuenta de mi simple existencia
y volví a ser aquella pobre ciega, sorda y muda.
Advertí cómo te acercabas hasta sentir tu aliento
a mi lado. La felicidad me arrollaba, me conmovía
por momentos y de tus labios nacieron palabras
confusas por la dicha que te envolvía y yo, yo me
sentí feliz de ser la protagonista de tu alegría.
Sí, me hallaste perdida en aquel parque, en
ningún sitio, me tomaste con tus manos y me
llevaste hasta tu jardín, invitándome a vivir a tu lado.
Noté extraña aquella tierra tuya, pero pronto me
habitué y poco a poco mis tímidas raíces fueron
arraigando, profundizando cada día más.
Todas las mañanas, feliz, te acercabas a
desearme buenos días, me sonreías y después de
dejarme tu luz volvías a marcharte. Yo no te veía,
pero sentía el amor que dejabas junto a mí.
Mientras, tus pasos, fuertes y grandes, se
alejaban de aquel jardín tuyo que hiciste mío.
Creció mi cuerpo junto con tu amor y con él el
deseo de por ti ser tocada. Cada tarde, a tu
regreso, te sentabas junto a mí y rozabas tus
dedos con mi piel, me hablabas y acariciabas con
tal ternura que en nuestros íntimos amaneceres de
amor, lo que tú creías rocío, no eran más que
inquietas lágrimas de felicidad imposibles de
contener.
Y una mañana, loca ya de pasión y amor por ti, no
lo pude evitar y de mis entrañas, desde lo más
profundo de mi esencia, brotó una flor como
regalo por todo lo que por mí hacías. Te sentí
entonces gritar de alegría cuando me viste así
engalanada y agradeciste mi don con tu agua que
yo esperaba sedienta tras el esfuerzo. Después,
me hablaste por vez primera de amor…
Pasaron los días y me pareció que aquella flor
para ti y aquel agua para mí, era demasiado poco
para lo que el uno sentía por el otro y decidí hacer
tuyo mi más preciado bien: el fruto de mi existencia.
Y así, dejé morir mi flor y nacer de mi savia mi
corazón, mi fruto rojo como tu sangre, envuelto en
el brillo mismo de la vida.
Iluminada por la dulce luz del pecado envuelta
por el aura de la provocación, quise embriagarte
con mi belleza, sugestionarte con mi cuerpo y
despertar en ti el hambre y el deseo de mi carne… y
lo logré.
Aquella noche, con el resplandor de la luna llena
como único testigo, no pudiste soportar ni un
momento más la tentación y con la mayor ternura
que se pudiera imaginar, me arrancaste de mi
anterior vida y me llevaste, furtivo, hasta tus labios.
Mientras, yo desplegaba mi mejor aroma para
hacer más intenso nuestro encuentro.
Saboreaste despacio mi cuerpo, recorriendo con
tu húmeda lengua cada rincón de mi ser. Yo me
moría derretida en el deseo de ser completamente
tuya. Y por fin, tu boca me mordió partiéndome en
dos.
Todo mi jugo, entonces, se mezcló con tu saliva.
Mi esencia y existencia se fundieron en mi vida que
pasó a ser tuya. Tu cuerpo se estremeció de
placer ante mis caricias y tus oscuros ojos se
cerraron para sentir más fuerte y pura la unión.
Hasta que me devoraste.
Ahora vivo en ti, repartida
por todo tu ser,
alimentando nuestro amor. Ya no soy ciega, sorda
y muda, dejé de ser una simple fresa.
alimentando nuestro amor. Ya no soy ciega, sorda
y muda, dejé de ser una simple fresa.
KIKE. 1998
Precioso texto y preciosas fotos.
ResponderEliminar