jueves, 10 de diciembre de 2015

Y GRITASTE MI NOMBRE

Quiero desde mi alma, lo único que poseo y que aún permanece en mí como único vínculo de unión entre tú y yo, dejar brotar mis palabras imposibles hacia ti.
  El tiempo aquél, tuyo y mío, donde cada instante era cierto, mecía nuestro amor de tu parte a mi parte, de tu corazón al mío, iluminando la tenue oscuridad que lentamente se extinguía en la luz de nuestros ojos.
  Desaparecí, me fui de tu vida, dejándote allí, en lo que había sido nuestro mundo, nuestro hogar, en soledad con tu dolor y desesperación. Lo siento, te dejé cuando en susurros te prometía amor eterno, cuando más sentía tu presencia en mi interior. Me marché sin despedirme siquiera, así y tu vacío se hizo aún mayor.
  Aún recuerdas mi rostro enamorado, pleno de satisfacción y alegría, empapado en la sonrisa de tus labios y también cómo mis latidos me inundaban de felicidad cuando mi mano viajaba por tus cabellos hasta tus mejillas, haciendo de tu ritmo el mío. Aquellas noches de estrellas en los dedos que brotaban del contacto de tu piel en la mía, amor apasionado y fugaz, el encuentro de dos cuerpos haciéndose uno para siempre…

  Atrás quedaron tus lágrimas de mi ausencia, tu tristeza de mi soledad y tu rostro oculto tras temblorosas manos que nunca más volverían a tocarme y en aquel nuestro lecho, el frío hueco deshabitado. Yo te veía, en tus noches de fiebre, alargar el brazo y despertar por el dolor de los dedos que no encuentran el lugar donde posar la ternura de sus caricias.
  Ahora, después de tanto tiempo y de todo lo ocurrido, no puedo negar, cada vez que te veo a lo lejos que todavía siento lo que siento, que el amor eterno existe. Y me duele porque hoy, nuestro amor de ayer, es la tristeza de tus ojos.
  Algunas noches entraba furtivo en tu habitación y me acercaba a tu respiración, a tus latidos, a tu calor, pero dejé hacerlo cuando noté que sentías frío ante mi presencia.
  Hace unos días vi tu rostro por última vez mientras mirabas el vuelo de los vencejos en el cielo, por unos instantes quisiste verme sobre sus alas negras y sobre ellas viajó tu último pensamiento hacia mí. Reflejaste el deseo de lo que un día pudo haber sido tu vida y no fue, pero te aferras a la resignación de quien ha amado de verdad. En ese gesto de lánguido recuerdo hay un asomo de felicidad que me hace feliz. 
Tus ojos brillan con su luz de nuevo,  ya no se apagan intentando ver más allá del vuelo de los pájaros… Tu rostro se ha endurecido  con el paso del tiempo y aunque me siento dichoso de que vuelvas a vivir, no puedo dejar de sentirme culpable cuando veo mi nombre en alguna de sus arrugas.
  Es curioso que hoy decida escribirte aunque sé que es imposible que alguna vez leas estas palabras, quizá por ello lo he hecho.
  Desde mi adiós pasó un frío tiempo, tú lo sabes mejor que yo, porque yo ya no lo siento y entonces,  aquella noche regresaste con compañía. Pese a tu inseguridad te dejaste llevar y mis caricias, las que sólo habías tenido para mí, se hicieron insoportablemente suyas y así, tu despreciable boca, mi dulce boca, fue suya y tus miserables dedos, mis enamorados dedos, fueron suyos y la parte de mí que aún tenía pasó a ser suya.
  Escondido en el frío aura del que observa desde la inexistencia, te vi dejar su infame cuerpo desnudo de la misma forma que desnudabas el mío. Te vi besar sus labios de igual forma que besabas los míos.

 Ruido ensordecedor y endemoniado. Toleraste que te tocara por todo el cuerpo y dejaste hacer nacer el deseo en ti. Tú acariciaste su piel como acariciabas la mía y comencé a sentirme agobiado. Mientras, hipócrita, vulgar e irritante chirriaba el metal.
  Repugnancia exasperante, egoísmo, conversión en putrefacción y decrepitud acelerada de los sentidos. Me vi como el payaso que muere hundido en la malvada asfixia de su llanto, ruin, desgraciado… humano.
  Te movías y gozabas y te entregabas y te deshacías hasta que abrazaste su cuerpo contra el tuyo con desesperación y fuerza. Fue el instante del orgasmo… y gritaste mi nombre. Desde mi oscuro silencio, todo mi odio, en un segundo, se transformó en doloroso amor.
  Espié tu camino cuando paseabas sola por el parque, con la mirada callada y perdida entre tus pasos grises y comenzó a llover. Entonces levantaste tu rostro, cerraste los ojos y abriste la boca. Yo recordé que siempre decías que mis caricias eran como el agua de lluvia sobre la piel.

  Te imagino aún, sobre aquel nuestro antaño lecho de amor, alargar tu brazo para tocarme y no tocarme, inclinar tu rostro para besarme y no besarme, hacer el silencio para escuchar mi respiración y no respirarme y yo, sin poder evitarlo, imagino que estoy allí que nos tocamos que nos besamos y hacemos el silencio para respirarnos el uno al otro.
  Mi ausencia rompió tu frágil corazón de cristal y sus reflejos de dolor incontenible tardaron tanto en apagarse… Dicen que a veces hablas con alguien cuando estás sola. Mis palabras.
  No sé cuánto tiempo ha transcurrido porque desde aquí el tiempo no existe y es desde esta inexistencia  donde nacen mis palabras muertas de mí y vivas de ti. Te escribo porque el olvido de tu presencia se apodera de mis ya pocos recuerdos que aún se resisten a borrarse de mi alma, pero que poco a poco como todo yo, tienden a diluirse en la nada como todo lo que fui desde el momento en que te dejé.

  Y aunque mi muerte nos separó, nuestro amor, aquel que un día tuvimos, seguirá viviendo eternamente desde mi oscura dimensión, brillando junto a las estrellas y brillando en tus ojos.
  Mi alma, lo último que me queda, se va. Ayer incluso dejé de recordar tu nombre, me pierdo en la nueva dimensión que se crea ante mí y que me llama y me hace olvidar y sentir tanto la pérdida de tantas cosas bellas.
  Se acaba el tiempo. Tiempo, sólo quisiera el suficiente para una vez más. Entregaría mi eternidad por unas horas más a tu lado.
  Tiempo, sólo el suficiente, antes de difuminarme, antes de la nada y el vacío, el lugar donde ya no estarás. Me lleva, me toma, su penumbra quieta. Adiós.

                                     KIKE 1998





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