Y GRITASTE MI NOMBRE
Quiero desde mi alma, lo único que poseo y que aún
permanece en mí como único vínculo de unión entre tú y yo, dejar brotar mis
palabras imposibles hacia ti.
El tiempo aquél,
tuyo y mío, donde cada instante era cierto, mecía nuestro amor de tu parte a mi
parte, de tu corazón al mío, iluminando la tenue oscuridad que lentamente se
extinguía en la luz de nuestros ojos.
Desaparecí, me fui
de tu vida, dejándote allí, en lo que había sido nuestro mundo, nuestro hogar,
en soledad con tu dolor y desesperación. Lo siento, te dejé cuando en susurros
te prometía amor eterno, cuando más sentía tu presencia en mi interior. Me
marché sin despedirme siquiera, así y tu vacío se hizo aún mayor.
Aún recuerdas mi
rostro enamorado, pleno de satisfacción y alegría, empapado en la sonrisa de
tus labios y también cómo mis latidos me inundaban de felicidad cuando mi mano
viajaba por tus cabellos hasta tus mejillas, haciendo de tu ritmo el mío. Aquellas noches de estrellas en los dedos
que brotaban del contacto de tu piel en la mía, amor apasionado y fugaz, el
encuentro de dos cuerpos haciéndose uno para siempre…
Atrás quedaron tus
lágrimas de mi ausencia, tu tristeza de mi soledad y tu rostro oculto tras
temblorosas manos que nunca más volverían a tocarme y en aquel nuestro lecho,
el frío hueco deshabitado. Yo te veía, en tus noches de fiebre, alargar el
brazo y despertar por el dolor de los dedos que no encuentran el lugar donde posar
la ternura de sus caricias.
Ahora, después de
tanto tiempo y de todo lo ocurrido, no puedo negar, cada vez que te veo a lo
lejos que todavía siento lo que siento, que el amor eterno existe. Y me duele
porque hoy, nuestro amor de ayer, es la tristeza de tus ojos.
Algunas noches
entraba furtivo en tu habitación y me acercaba a tu respiración, a tus latidos,
a tu calor, pero dejé hacerlo cuando noté que sentías frío ante mi presencia.
Hace unos días vi tu
rostro por última vez mientras mirabas el vuelo de los vencejos en el cielo,
por unos instantes quisiste verme sobre sus alas negras y sobre ellas viajó tu último pensamiento hacia mí. Reflejaste el deseo de lo que un día pudo haber
sido tu vida y no fue, pero te aferras a la resignación de quien ha amado de
verdad. En ese gesto de lánguido recuerdo hay un asomo de felicidad que me hace
feliz.
Tus ojos brillan con su luz de nuevo, ya no se apagan intentando ver más allá del
vuelo de los pájaros… Tu rostro se ha endurecido con el paso del tiempo y aunque me siento
dichoso de que vuelvas a vivir, no puedo dejar de sentirme culpable cuando veo
mi nombre en alguna de sus arrugas.
Es curioso que hoy
decida escribirte aunque sé que es imposible que alguna vez leas estas
palabras, quizá por ello lo he hecho.
Desde mi adiós pasó
un frío tiempo, tú lo sabes mejor que yo, porque yo ya no lo siento y
entonces, aquella noche
regresaste con compañía. Pese a tu inseguridad te dejaste llevar y mis
caricias, las que sólo habías tenido para mí, se hicieron insoportablemente
suyas y así, tu despreciable boca, mi dulce boca, fue suya y tus miserables
dedos, mis enamorados dedos, fueron suyos y la parte de mí que aún tenía pasó a
ser suya.
Escondido en el frío
aura del que observa desde la inexistencia, te vi dejar su infame cuerpo
desnudo de la misma forma que desnudabas el mío. Te vi besar sus labios de
igual forma que besabas los míos.
Ruido ensordecedor y endemoniado. Toleraste
que te tocara por todo el cuerpo y dejaste hacer nacer el deseo en ti. Tú acariciaste
su piel como acariciabas la mía y comencé a sentirme agobiado. Mientras,
hipócrita, vulgar e irritante chirriaba el metal.
Repugnancia
exasperante, egoísmo, conversión en putrefacción y decrepitud acelerada de los
sentidos. Me vi como el payaso que muere hundido en la malvada asfixia de su
llanto, ruin, desgraciado… humano.
Te movías y gozabas
y te entregabas y te deshacías hasta que abrazaste su cuerpo contra el tuyo con
desesperación y fuerza. Fue el instante del orgasmo… y gritaste mi nombre. Desde
mi oscuro silencio, todo mi odio, en un segundo, se transformó en doloroso
amor.
Espié tu camino
cuando paseabas sola por el parque, con la mirada callada y perdida entre tus
pasos grises y comenzó a llover. Entonces levantaste tu rostro, cerraste los
ojos y abriste la boca. Yo recordé que siempre decías que mis caricias eran
como el agua de lluvia sobre la piel.
Te imagino aún,
sobre aquel nuestro antaño lecho de amor, alargar tu brazo para tocarme y no
tocarme, inclinar tu rostro para besarme y no besarme, hacer el silencio para
escuchar mi respiración y no respirarme y yo, sin poder evitarlo, imagino que
estoy allí que nos tocamos que nos besamos y hacemos el silencio para
respirarnos el uno al otro.
Mi ausencia rompió
tu frágil corazón de cristal y sus reflejos de dolor incontenible tardaron
tanto en apagarse… Dicen que a veces hablas con alguien cuando estás sola. Mis
palabras.
No sé cuánto tiempo
ha transcurrido porque desde aquí el tiempo no existe y es desde esta
inexistencia donde nacen mis palabras
muertas de mí y vivas de ti. Te escribo porque el olvido de tu presencia se
apodera de mis ya pocos recuerdos que aún se resisten a borrarse de mi alma, pero
que poco a poco como todo yo, tienden a diluirse en la nada como todo lo que fui
desde el momento en que te dejé.
Y aunque mi muerte
nos separó, nuestro amor, aquel que un día tuvimos, seguirá viviendo
eternamente desde mi oscura dimensión, brillando junto a las estrellas y
brillando en tus ojos.
Mi alma, lo último
que me queda, se va. Ayer incluso dejé de recordar tu nombre, me pierdo en la
nueva dimensión que se crea ante mí y que me llama y me hace olvidar y sentir
tanto la pérdida de tantas cosas bellas.
Se acaba el tiempo.
Tiempo, sólo quisiera el suficiente para una vez más. Entregaría mi eternidad
por unas horas más a tu lado.
Tiempo, sólo el
suficiente, antes de difuminarme, antes de la nada y el vacío, el lugar donde
ya no estarás. Me lleva, me toma, su penumbra quieta. Adiós.
KIKE 1998
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