Este año 2016, a mediados de abril y con días como el de hoy, 19, en que la lluvia está siendo bastante intensa, la
charca de la finca salvaje presenta estas bonitas imágenes. Las algas verdes y
espesas, esa especie de ova (otra curiosidad que habrá que investigar) parece
haber desaparecido por completo. Ahora, el agua presenta esta oscura claridad,
si me permitís la contradicción. El agua le llega completamente asalvajada
después de dejarse caer deprisa pero sin prisa, por la vertiente Este del monte Peñalba donde
se tinta de los restos vegetales de robles sobre todo y madroños, olivos y alcornoques
en menor medida.
He guardado dentro del observatorio las sillas de la oficina dejando
la mesa un poco sola, pero se hace cargo, llueve mucho y ella es demasiado
grande, así que ahí se queda. Sin embargo, no sé porqué me da la impresión de
que no le importa en absoluto, quizá sea porque su conciencia de madera siente
que, en realidad, es una mesa privilegiada al no estar encerrada entre paredes.
Los robles engalanados con sus renovadas y jóvenes hojas parecen
tener prisa en ofrecer sus flores a la diosa primavera.
Si nos fijamos un poco descubriremos un pequeño insecto posado en una
de las hojas recién brotadas de nuestro cerezo. Si pudiera hablar, quizá, nos
contara que tiene frío y que sabe, a ciencia cierta, que no pasará de esta
noche y que simplemente como simple es él, ha buscado un buen lugar donde, al
atardecer, recrear sus miles de ojos en un intento vital, cierto y ya descansado
de disfrutar al máximo de la brevedad de su vida. Y así morirá, capturando para
sí cada imagen, cada instante, cada milésima de instante, como si cada uno
fuera una eternidad.
Y más primavera.
Este joven alcornoque creo que no está bien, sus hojas tienen un color
pardo que no me gusta nada.
De regreso, por el camino, intento llevarme un último regalo para
todos y la verdad, hay tantos…
Y bueno, como siempre, infinitos besos al mundo. Dejo este vídeo aquí porque me recuerda a alguien.
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