Entonces te dejas llevar de la mano por el silencio y sientes que los
instantes pesan. Paladeas su intensidad con la intranquila conciencia de que
estás acariciando una perfección que nace de lo cotidiano y que, sin embargo, puede ser tan
eternamente efímera que apenas te atreves a pestañear por no perder un detalle,
tampoco a moverte por no romper su frágil quietud, ni siquiera a gemir en ese
santuario de vida improvisado que son los momentos perfectos.
Quizá los árboles estén diciendo que no es necesario ir más allá,
aunque la vieja yegua parece fundirse con ellos ante la mirada contrariada del
potrillo.
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