EL RELEVO
Recuerdas, viejo, aquellos días de mi infancia cuando apenas tenía
seis inviernos…?
Emocionado, solía esperar tu regreso para jugar con todos aquellos
regalos que me traías de tus viajes por el mundo; juguetes de aquí y de allá.
Eran fantásticos y a mí me parecían maravillosos. Tú eras mi gran compañero de
juegos cuando estabas en el pueblo y cuando de nuevo te marchabas, con la
mochila a la espalda, tu camisa a cuadros, tus pantalones de pana, aquellas
duras botas que parecía que jamás se
iban a romper y ese sombrero de piel tocado hacia atrás con una larga pluma,
entonces, la tristeza invadía todo mi ser. Caminabas con tu paso largo, rápido,
decidido y en tus ojillos un brillo de total felicidad. Tú nunca pudiste
permanecer mucho tiempo en el pueblo, siempre buscabas la aventura, la
naturaleza, nuevos caminos que recorrer.
Yo te acompañaba hasta las afueras del pueblo para verte desaparecer
en el horizonte. Luego, pasaban los días y cuando tenía algo de tiempo, entre
el colegio, las faenillas de mi casa o la corta cuerda que mis padres me imponían, conseguía entonces escaparme hasta la cumbre de ese monte cercano, tuyo y
mío, dejándome los ojos allá lejos, donde la tierra y el cielo se unen confundiéndose y así, esperar
hasta que quizá descubriera tu silueta y poco a poco verte llegar como siempre
lo hacías, cansado, roto, sucio.
Pasó el tiempo y con él cumplí mis doce años. Ya no esperaba más tus
regalos, deseaba que volvieras para encontrarme en tu casa, sentarme contigo al
calor del fuego de tu chimenea, ver como encendías tu pipa y empezar a volar
sobre tus palabras, palabras que hablaban en susurros llenos de emoción de
viajes y aventuras mientras me mirabas con esos ojillos llenos de vida y color
que todo lo veían. Eras pura distracción y admiración para mi, hasta que el
sueño se hacia invencible.
Más tarde, de ir haciéndome un hombre y adquirir mi buena dosis de
razón, sentí que tus palabras, tus caminos y andaduras formaban parte de mi
propia vida.
Tú me hacías cambiar de dimensión, haciéndome penetrar en otra de
formas puras, haciendo moverse mi imaginación de un lado a otro, con la mayor
delicadeza que se podría esperar.
A veces, cuando me hablabas, yo abandonaba mi cuerpo dejándome
trasladar en el espacio y el tiempo. Tú me hacías feliz, aunque solo fuera
durante un tiempo porque más tarde o más temprano volvías a marcharte, a huir
de aquí, de la rutina, para reunirte contigo mismo allá en las montañas o al
borde del mar. El mar, ¿cómo será ante mis ojos?
Amigo mío, anduviste por caminos que fueron sangre porque sangre te
costaron; caminaste nadando entre lágrimas, unas de tristeza, otras de emoción.
Sentiste el horror, el pánico, incluso algunas veces el deseo de no haber
nacido nunca en tu condición de ser humano.
Pero también has conocido senderos que fueron dulzura, paz y amor.
Siempre supiste soportar las adversidades, camuflarte ante los peligros,
guarecerte cuando llovía, así como gozar de los buenos momentos, dejar tu
cuerpo en éxtasis ante un paisaje, una cascada, un árbol, una flor o una
delicada mariposa.
Has palpado bien la soledad teniendo como única pero eterna compañera
a tu sombra.
Te envidio, has llegado a tomar la libertad, abrazarla y sentirte
dichoso entre sus brazos.
Pero, mi viejo caminante, los años empiezan a aplastarte contra el
suelo, clavando en él tus raíces e impidiendo que puedas moverte como antes.
Espíritu vivo de la aventura, tú ya no puedes continuar, tus piernas
están ya débiles, cansadas y empiezan a dolerte. Ahora reposarás en cualquier
banco, buscarás la fresca sombra en verano y el cálido sol en invierno.
Recordarás tus viajes cerrando los ojos para así volver a ver aquellos
amaneceres y puestas de sol en el horizonte de tus caminos, pero nunca volverás
a tocar con tus propias manos nada de aquello.
Mi buen maestro, el abismo de tu camino no existe, pues seré yo quien
lo continúe siendo fiel a tus costumbres. Y volver, deseando verte para
contarte todas mis aventuras y desventuras. Yo alimentaré el espíritu nómada de
tu vejez como alimentaste y modelaste tú el mío en mi niñez.
Ahora, aquel niño, aquel muchacho es ya todo un hombre. Tomaré el relevo que tú
me prestas y correré lejos de aquí como tú hiciste.
Ya no aguanto más en el pueblo, cada día me parece todo más igual: los
árboles, las montañas, las casas, las personas. Parece como si todo se cerniera
sobre mí intentando acorralarme y retenerme. Quiero volar lejos y encontrarme a
mí mismo.
Viviré en constante soledad, amándola para comprender que me amo a mí
mismo. Acariciaré con ternura esos momentos en los que me sienta muy dentro de
mí, allá en el fondo de mi ser. Permaneceré quieto, sin obedecer estímulo
alguno, daré rienda suelta a las fuerzas de mi interior para que escapen al
exterior y se mezclen con el aire fresco y perfumado, dejando mi cuerpo sólo y
liviano. Llegaré algún día a la cima de esa montaña de la que tú tanto me has
hablado, alzaré mis brazos al cielo, dejando envolver mi desnudez por la brisa y
la magia de esos momentos. Tanta belleza ¿Verdad? Los valles, los lagos, los
pueblos. Reconocer que el mundo es precioso en un universo de rincones. El
verde de los campos, las praderas, los bosques. El azul de los ríos del cielo y
del mar. El gris de las majestuosas montañas tocadas de nieve en sus picos.
Sentir el placer de verme diminuto ante tanta grandeza.
Tomaré la libertad que me corresponda como un don de la naturaleza. Tanta impaciencia, tanto tiempo esperando para, por fin, ver con mis propios
ojos todo lo que tú me has descrito con tanto esfuerzo durante estos años. Así,
aprenderé a reconocer a la naturaleza como madre de entre todas las madres, reina
entre las reinas; aprenderé a amarla, respetarla y a tomar cada uno de sus
bienes con la mayor delicadeza que me sea posible. Me dejaré envolver en la
humedad de la niebla, nadaré y me sumergiré en las limpias aguas de aquel
profundo lago, refrescaré mi rostro y doloridos pies donde corra un arroyo puro
y fresco. Amaré a esas mujeres que surgen de entre las sombras de la oscuridad
para darme todo su calor y luego desaparecer sin darme cuenta, hasta que despierte
preguntándome si todo ha sido un sueño.
Sí amigo, ya lo sé, la vida del caminante es dura y sacrificada pero
yo me haré duro y sacrificado con ella.
Mañana romperé mis cadenas y emprenderé mi primer viaje. Tú me
acompañarás hasta la salida del pueblo y esperarás hasta perderme de vista allá
donde tus cansados ojos alcancen. Pasarán los días, las semanas y sin darte
cuenta, subirás todos los días intentando verme llegar para abrazarme y esperar
a que yo te lo cuente todo como hacías tú conmigo. Volveré, viejo, volveré, tú
me esperarás, no te vayas jamás en mi ausencia. No, sólo quiero que antes de
que emprendas tu último y más largo viaje te lleves de mí y de este mundo tuyo
y mío el mejor recuerdo.
KIKE allá por los noventa




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